Viaje a Italia


A las tres de la madrugada ya estábamos de camino: en punto de abrir el día nos encontramos en las lagunas Pontinas, cuya vista no es tan mala como generalmente dicen en Roma. No se puede, en verdad, sólo viajando de pasada, juzgar la empresa tan magna y tan casta del saneamiento proyectado, más parecióme que los trabajos que el Papa ordenó han de dar, al menos en su mayoría, los deseados resultados. Imagínese un valle extenso de poquísima caída, de Norte á Sur, vertiendo hacia las colinas por el Este y más alto que la mar en el Oeste.

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Llegamos aquí temprano; ya anteayer se obscurecía el tiempo. Los días hermosos trajeron los nublados; había, no obstante, vehementes indicios de volver á componerse, y así sucedió. Las nubes se separaron poco á poco; en partes lució el cielo azul, y al fin el sol alumbró nuestro camino. Vinimos por Albano, después de haber hecho alto en Genzano, á la entrada de un parque que el Príncipe Chigi, su dueño, tiene, y no digo sostiene, de manera rarísima; á causa de ello tampoco quier que nadie lo vea por dentro. Es la reproducción de un bosque virgen. Árboles y malezas, hierbas y plantas trepadoras, crecen como quieren, se secan, se caen y se pudren; todo está bien, y por esto mismo mejor. El sitio, delante de la entrada, es bello hasta lo indecible. Una muralla alta cierra el valle, y una verja de hierro permite á la mirada penetrar en él. Luego se ve alzarse la colina sobre la cual se asienta el castillo. Sería un gran cuadro si lo emprendiese un buen pintor.

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¡También la locura tiene su término! Las innumerables luces de ayer, eran asimismo espectáculo insensato. Debe uno estar el Carnaval en Roma, para perder en absoluto el deseo de volverlo á ver. Nada se puede escribir sobre esto; todo lo más podría ser motivo de una conversación. Lo que se siente más desagradable es que falta la alegría interior de los hombres, y carecen de dinero para manifestar la poquita que podrían tener. Los grandes son económicos, y se contienen; la clase media es pobre, y el pueblo indolente. Los últimos días, el ruido era increíble; pero nada de alegría verdadera. El cielo, tan infinitamente puro y hermoso, inocente de esta farsa, la miraba augusto.

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El tiempo continúa hermoso sobre toda ponderación: hoy he pasado con dolor el día entre locos. Al principiar la noche me he recreado en la Villa Médicis. La luna nueva avanza, y al lado del cuarto creciente se puede ver, en perspectiva, perfectamente claro, á la simple vista, todo el disco oscuro. Con el anteojo, flota sobre la tierra el polvillo del día, que sólo conoce uno en los cuadros y dibujos de Claudio de Lorena; pero es difícil ver en la Naturaleza el fenómeno tan bello como aquí. Ahora salen de tierra flores que no conozco, y nuevas hojas en los árboles. Florecen los almendros y hacen graciosa aparición entre las oscuras encinas. Iluminado por el sol, el cielo parece de seda azul clara. ¡Cómo será en Nápoles! La mayor parte del campo está ya verde. Mi quimera botánica, á todo esto, se fortalece, y estoy en camino de descubrir nuevas y hermosas relaciones. A saber cómo la Naturaleza, este prodigio que no se asemeja á nada, desarrolla de la unidad toda aquella diversidad.

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Disgustado abandono á Moritz al marcharme. Está en buen camino; sin embargo, entregado á sí mismo, se busca sus rincones favoritos. Lo he animado para que escriba á Herder; la carta es adjunta. Deseo respuesta conteniendo algo de ayuda y de complacencia. Es hombre de singular bondad: fuera mucho más lejos si hubiera encontrado, de tiempo en tiempo, personas de capacidad y caritativas que le hiciesen cononer su estado. Ahora no puede ocurrirle cosa más beneficiosa que el permiso de Herder para que le escriba con frecuencia. Ocúpase en trabajos de anticuario muy dignos de alabanza, y que bien merecen protección. El amigo Herder no podría emplear mejor sus beneficios, y con dificultad, en mejor suelo, haber colocado sus enseñanzas.

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El tiempo está increíble é indeciblemente bello; todo Febrero, no siendo cuatro días de lluvia, un cielo claro y puro; al medio día, casi demasiado calor. Busca uno el aire libre, y si hasta aquí se ha entretenido en dioses y héroes, ahora el paisaje reclama sus derechos y se identifica á cuanto me rodea y vivifica el espléndido día.

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De manera sorprendente y agradable he sabido la feliz llegada de Ifigenia. Iba camino de la Ópera cuando me entregaron la carta de mano bien conocida y doblemente bienvenida; esta vez sellada con el leoncillo, como mensajera de paquete llegado en hora feliz. Entréme en el teatro de la Ópera y traté de procurarme sitio entre la muchedumbre extranjera, debajo de la gran lucerna. Aquí me sentí tan cerca de los mios, que, dando un salto, los hubiera podido abrazar. De corazón doy las gracias por haberme anunciado la llegada. ¡Ojalá que la siga pronto vuestra próxima carta con una palabra de aprobación!

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No he podido evadirme, antes de mi partida para Nápoles, de una nueva lectura de Ifigenia. Madame Angelica y el consejero Reiffenstein eran los oyentes, y el mismo Zuchi había tenido empeño en serlo, porque lo deseaba su esposa; él trabajó mientras tanto en un gran dibujo arquitectónico, porque entiende admirablemente el arte de la decoración. Estuvo en Dalmacia con Clerisseau y se asoció á él; dibujaba, y así aprendió también la perspectiva, y ha resultado que en sus ancianos días, consiguió hacer del trabajo noble pasatiempo.

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Voy á contar un incidente feliz, aunque de menor cuantía: todo lo feliz, grande ó pequeño, pertenece á la misma especie y alegra. En Trinità de Monti están abriendo los cimientos para un nuevo Obelisco. Las tierras, amontonadas, pertenecen á los jardines Lúculo, que después fueron del Emperador. Mi peluquero pasó temprano por allí y encontró, en los escombros, un pedazo chato de barro cocido con figuritas, lo lavó y nos lo trajo.

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No se puede tener idea, sin haberla visto, de la belleza que presenta Roma, recorrida á la luz de la luna llena. Todos los detalles se pierden en la gran masa de luces y sombras, y sólo el conjunto y los objetos grandes se ofrecen á la vista. Desde hace tres días venimos gozando en pleno de las claras, esplendidas noches. El Coliseo, sobre todo, presenta una vista hermosa. Ciérranlo las noches, y dentro, en una capillita, vive un ermitaño, y en las bóvedas arruinadas anidan mendigos. Estos habían encendido una hoguera en la tierra, y un viento manso empujaba el humo primero á la arena, de suerte que cubría la parte inferior de las ruinas, y sobre él avanzaban siniestras las enormes murallas. Detuvímonos delante de la verja viendo el fenómeno; la luna estaba alta y resplandeciente. Poco á poco, el humo salió á través de las paredes por las grietas y aberturas, y la luna lo iluminaba como una niebla. El espectáctulo era soberbio. Así debe uno ver iluminados el Panteón, el Capitolio, el pórtico de la iglesia de San Pedro y calles y plazas grandes. De suerte que el sol y la luna, como el espíritu del hombre, tienen que hacer aquí cosa distinta que en otros lugares; aquí donde sus miradas encuentran masas enormes, y sin embargo, regulares.

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