IV - Venecia


Ayer estuve en la comedia -teatro de San Lucas,- que me divirtió bastante: vi una pieza de máscaras improvisada, ejecutada con mucha naturalidad y viveza. No todos están á la misma altura: Pantalon, muy bien. Una de las mujeres, gruesa, bien formada, que no es actriz extraordinaria, habla de manera excelente y sabe presentarse. El asunto es inverosímil. Con increíble variedad nos entretuvieron más de tres horas. Pero aquí, la base donde todo se apoya es el pueblo. Los espectadores hacen su papel: el pueblo y el espectáculo se identifican. Durante el día, en las plazas, orilla del agua, dentro de las góndolas, y en el palacio ducal. El mercader, el comprador, el mendigo, los barqueros, las vecinas, el abogado y su contrario, todos viven, se tropiezan, y sin violentar su propia manera de ser, hablan y juran, gritan y ruegan, cantan, juegan, maldicen y alborotan. Después, van, por la noche, al teatro á ver y oír su propia vida, al día, artísticamente presentada, indumentada con primor, entretejida de cuentos, desviándose de la realidad con la careta y acercándose á ella en las costumbres. Esto les divierte como si fueran niños: chillan, aplauden y meten ruido. Desde la mañana á la noche, ó mejor desde media noche á media noche, es siempre lo mismo. Nunca vi acción más fácil y natural que la de estas máscaras.

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Es la iglesia de Il Redentore, obra de Palladio, grande y hermosa, y su fachada más digna de alabanza que la de San Giorgio; á fin de entenderlo, sería menester tener á la vista este edificio, que el grabado reprodujo muchas veces. Vayan sólo algunas palabras. Palladio, penetrado de la existencia de los antiguos, sentía la pequeñez y estrecheza de su tiempo, cual un grande hombre que no se entrega, antes bien, intenta transformar, conforme á su noble idea, cuanto ha quedado. Según pude comprender, gracias á cierta frase dulcificada de su libro, disgustábale que las iglesias cristianas siguiesen construyéndose en la forma de las antiguas basílicas. A causa de esto, trataba de acercar las formas de sus edificios religiosos á los antiguos templos. De ahí provienen ciertas impropiedades que me parecen felizmente evitadas en Il Redentore, y que en San Giorgio saltan á la vista. Volkmann dijo algo, aunque sin dar en la cabeza del clavo.

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Ante todo, díme prisa para ir á la Caritá. Viera en las obras de Palladio el proyecto de este edificio conventual, donde pensó imitar la morada privada de los antiguos ricos hospitalarios. El plano, excelentemente dibujado, así en sus detalles como en su conjunto, me gustó en extremo, y esperábame encontrar una obra maravillosa. Pero ¡ay!, apenas está hecha la décima parte! Verdad es que tal parte, digna de su genio divino, es de una perfección en el plan y de una exactitud en la ejecución, que no conocía. ¡Años enteros pasaría contemplando semejante obra! Parecióme no haberla visto nunca superior ni más acabada, y creo no engañarme. Pero debe pensarse en el excelente artista, nacido con el sentimiento de lo grande y de lo bello, que trabajó tanto primeramente para formarse en el conocimiento de los antiguos, á fin de hacerlos luego revivir en sus propias obras, y que encuentra ocasión de ejecturar un pensamiento favorito, levantar un monasterio, vivienda de muchos frailes, albergue de muchos extranjeros, en forma de antigua casa particular. De la iglesia vieja se pasa al atrio, de columnas corintias: queda el viajero encantado y olvida de repente todo lo frailuno. De un lado la sacristía, de otro una sala capitular, junto á la escalera de caracol más hermosa del mundo, con su gran árbol al aire y los peldaños de piedra empotrados en la pared y dispuestos de tal suerte, que cada uno soporta el peso del que le sigue; no se cansa uno de subirla y bajarla. Se comprende lo bien hecha que estará, cuando el mismo Palladio la dió por buena. Del vestíbulo se pasa al gran patio interior. Desgraciadamente, del edificio que debía rodearlo, sólo el lado izquierdo construyeron: tres órdenes de columnas unas sobre otras. En el piso bajo, salas; en el primero, una arcada delante de las celdas; en el superior, paredes con ventanas. Debe ayudar á esta descripción la vista del diseño. Una palabra ahora respecto de la ejecución. Sólo los capiteles y las basas de las columnas y las claves de los arcos, son de piedra labrada: todo el resto, no puedo decir que sea de labrillo, sino de adobes (arcilla tostada): no tenía la menor idea de semejantes ladrillos. La cornisa y su friso son de lo mismo, é igualmente los miembros de los arcos, todo cocido por partes, y como se ha empleado poca cal en el edificio, parece fundido de una pieza. Si el conjunto se hubiese terminado y se viese limpio, bruñido y pintado, sería de un efecto divino. Era, sin embargo, el plano demasiado grande, al igual del de muchos edificios modernos. El artista supusiera no solamente que tirarían el convento actual, sino que comprarían las casas adyacentes, y es de suponer que faltaría el dinero y el gusto. ¡Oh destino amado!, tú que favoreciste y eternizaste tantas estupideces, ¿por qué no consentiste la terminación de esta obra?

Seguí estudiando la ciudad desde muchos puntos de vista, y como hoy era domingo, me chocó el ningún aseo de las calles, donde hacía mis observaciones. No deja de haber una suerte de policía. Los vecinos arrojan las basuras en los rincones; y vi, al mismo tiempo, barcas grandes que iban de una parte á otra parándose en muchos sitios y llevándoselas: son gentes de las islas vecinas que necesitan abono, pero en estas disposiciones no hay exactitud ni rigor, y los sucio del pueblo es tanto más imperdonable, cuanto Venecia ha sido dispuesta para la limpieza como cualquiera ciudad holandesa.

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Hoy, deseando completar mi idea de Venecia, procuréme un plano. Después de haberlo estudiado algo, subí á la torre de San Marcos, desde donde se goza un espectáculo único. Era al medio día, y lucía el sol tan claro, que veía lo cercano y lo de lejos sin anteojo. La marea cubría las lagunas, y al dirigir la mirada al llamado Lido –lengua estrecha de tierra que las cierra– vi la vez primera el mar, y en él algunas velas. En las lagunas mismas había galeras y fragatas que deben ser enviadas al Caballero Emo, que hace la guerra en Argel; permanecen ancladas á causa del viento contrario. Las montañas paduanas y vicentinas y la cadena del Tirol, entre Oeste y Norte, cierran de una manera excelente el hermoso cuadro.

Hacia el anochecer volví á perderme, sin guía, en los barrios más apartados de la ciudad. Aquí á todos los puentes se sube por escaleras, á fin de que las góndolas, y aun otras embarcaciones mayores, pasen cómodamente debajo de sus arcos. Traté de entrar y salir de semejante laberinto sin preguntar á nadie, y orientándome de nuevo el cielo. Al fin llega uno á desembrollarse, pero esto es una conejera, y mi sistema de aprender con mis propios sentidos, el mejor. Con tal objeto fuí hasta el último rincón poblado, observando la manera de vivir de los habitantes, sus costumbres y clases; en cada barrio son distintas. ¡Dios mío, que animal tan pobre y bueno es el hombre!

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Mucho se ha hablado y escrito de Venecia para entretenerme en descripciones detalladas: hablo sólo de aquello que se ofrece á mi vista. Pero lo que me impresiona, ante todo, es el pueblo; esta gran masa, esta entidad que la necesidad y no la voluntad formó.

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Escrito estaba en el libro del destino, en mi hoja, que el día veintiocho de Septiembre de 1786, á las cinco de la tarde de nuestro reloj, entrando por el Brenta en las Lagunas, había de ver por vez primera Venecia, y poco después pisaría y visitaría esta castórica República. Así es ¡loado sea dios! Venecia ya no será para mí mera palabra, un nombre hueco que con tanta frecuencia me ha angustiado, enemigo mortal como soy de las palabras vacías.

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