IV - Venecia


Son los últimos momentos que paso en Venecia; voy á partir en el barco del correo de Ferrara. Salgo gustoso de Venecia; necesitaba, de quedarme aquí, contento y con provecho, hacer cosas que salen de mi plan. Los habitantes también se van ahora, y cada uno busca sus jardines y sus posesiones de tierra firme. En verdad hice buen acopio y llevo conmigo la imagen rica, singular, única.

Ayer dieron en San Lucas una pieza nueva, L’inglicismo in Italia. Viviendo en Italia muchos ingleses, es natural que sus costumbres se hayan observado, y creí saber de qué modo juzgan los italianos á estos huéspedes ricos y bienvenidos, y quédeme en ayunas; algunas escenas oportunas de chiste, y el resto muy pesado y muy serio, sin ningún rasgo del carácter inglés; las trivialidades italianas de costumbre, y eso aplicadas á cosas generales, y nada más.

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Al fin y al cabo, haciéndose la soledad imposible entre tan considerable masa de hombres, di con un francés viejo que no sabe palabra de italiano: encuéntrase como denunciado y vendido, y á pesar de todas sus cartas de recomendación, ignora á punto fijo qué hacer. Es hombre de clase elevada, de muy buenas maneras, poco expansivo; debe pasar mucho de los cincuenta, y ha dejado en su casa un hijo de siete años, de quien espera ansioso noticias. Le he prestado algunos servicios. Aunque de prisa, viaja por Italia cómodamente, para decir que la ha visto, mas agrádale al pasar instruirse en lo posible. Díle noticias de muchas cosas. Al hablarle de Venecia, me preguntó cuánto tiempo hacía que estaba aquí, y oyendo que sólo quince días y era la primera vez, dijo: il parait que vous n’avez pas perdu votre temps. Es el primer testimonio de buena conducta que puedo presentar.

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¡Ahora sí puedo decir que he visto una comedia! Daban hoy en el teatro San Lucas, Le Baruffe Chiozzotte, que quiere decir: El Zipizape de Chiozza. Son los personajes marineros habitantes de Chiozza, y sus mujeres, hermanas é hijas. Sus gritos habituales, en lo bueno y en lo malo, sus pendencias, sus violencias y su benignidad, sus simplezas, su ingenio, su buen humor y sus maneras libres, todo está perfectamente imitado. También la obra es de Goldoni, y como yo estuviera todavía ayer en aqué lugar, y tenía aún en los ojos y en los oídos las voces y maneras de los marineros y gente del puerto, me hizo muchísima gracia. De seguro se me habrán escapado muchas alusiones, mas pude seguir bien el conjunto.

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¡Magnífico día desde la mañana á la noche! Llegué hasta Palestrina, pasando frente á Chiozza, asiento de las grandes construcciones llamadas Murazzi, que levanta la República. Son de piedras labradas y es su objeto proteger la extensa lengua de tierra llamada el Lido, que separa las lagunas de la mar, contra el bravío elemento.

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He visitado el palacio Pisani Moretta para ver un precioso cuadro de Paolo Veronese: la familia femenina de Darío, postrada ante Alejandro y Hephastion. La madre, arrodillada en primer término, toma al último por el rey; él rehusa todo honor é indica á Alejandro. Cuenta la historia que habiendo sido el artista muy bien recibido y honoríficamente hospedado durante mucho tiempo en este palacio, pintó el cuadro en secreto, y arrollado, dejólo de regalo, debajo de la cama. De todas maneras es digno de un origen particular, pues revela todo el mérito del maestro. Evidencia su gran arte en distribuir luces y sombras, su habilidad en los colores locales, su modo de producir deliciosa armonía, sin difundir en el lienzo un tono general. Verdad es que el cuadro consérvase perfectamente, tan fresco como pintado ayer, y cuando una obra de tanta importancia comienza á deteriorarse, el placer que su visita produce se perjudica sin saber por qué.

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Anoche vi en el teatro San Crisóstomo, Electra, de Crebillón; traducida, por supuesto. No puedo decir cuan empalagosa parecióme la obra y lo terriblemente pesada que se me hizo.

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La tragedia de ayer me enseñó muchas cosas. En primer lugar, he oído de qué suerte tratan los italianos sus yámbicos endecasílabos. Después he podido comprender cuán sabiamente obró Gozzi aliando las máscaras y las figuras de tragedia; espectáculo apropiado á este pueblo, que quiere ser conmovido de una manera cruel. No toma parte alguna íntima ni tierna con los desdichados: gústale sólo que el héroe hable bien; se paga mucho de las palabras, mas enseguida quiere reír y oír sandeces.

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Sigo riéndome de la tragedia, y quiero fijar en el papel, acto continuo, aquella payasada. La pieza no era mala: el autor recopiló todos los matadores trágicos, y los actores trabajaron bien. la mayor parte de las situaciones, conocidas; algunas nuevas y muy felices. Dos padres se odian: hijos é hijas de estas familias enemigas se aman apasionadamente, y hasta una de las parejas se casa en secreto. Suceden horrores y crueldades y al fin no hay obro medio de arreglar que los jóvenes sean felices, sino es atravesándose los padre uno á otro de pare á parte; en cuyo momento, entre una salva de aplausos, cae el telón.

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Visité el Arsenal, muy interesante para mí, que no conozco nada de marina; y aquí vengo cono á la escuela primaria. Pues si va á decir verdad, esto parece una familia antigua que todavía subsiste, aunque ya le pasó el tiempo de las flores y de los frutos. Gustándome observar los obreros, vi muchas cosas dignas de atención, y he subido al esqueleto de un buque de veinticuatro cañones. Otro igual se quemó hace seis meses en la Riva de Schiavoni. La santa bárbara no estaba llena de pólvora, y la explosión no causó grandes daños; las casas próximas se quedaron sin cristales.

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