III - De Verona á Venecia


Al fin tengo la obra de Palladio: no en verdad la edición original, que he visto en Vicenza, cuyos grabados están abiertos en madera, sino una copia fiel, un facsímile en acero, edición preparada por un hombre excelente, Smith, antiguo cónsul inglés en Venecia. Preciso es confesar que los ingleses, desde hace tiempo, saben apreciar lo bueno y tienen una manera grandiosa de difundirlo.

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En cuatro horas he venido de Vicenza en una sillita para una persona sola, que llaman Sediola, empaquetado con todo mi equipaje. Hácese el viaje cómodamente en tres horas y media; pero como sentía placer gozando del aire libre de tan hermoso día, me agradó que el Veturino faltase á su obligación. Se va por la llanura fertilísima, siempre hacia el Sudeste, entre vallados y árboles, sin otra vista, hasta que por fin se divisan, á mano derecha, las hermosas montañas que corren del Este al Sur. La muchedumbre de plantas y frutas que cuelga delos árboles, sobre los muros y las tapias, es indescriptible. Gravitan calabazas sobe los tejados, y los más extraordinarios pepinos se ven pendientes de espalleres y alambres.

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Esta mañana estuve en Tiena, al Norte, hacia las montañas, donde levantan por un plano antiguo un edificio nuevo, del cual no hay nada que decir. Así honran aquí todo lo del buen tiempo, teniendo bastante entendimiento para hacer construcciones nuevas sobre planos heredados. El palacio está muy bien situado en una gran llanura, teniendo detrás, sin ninguna cadena interpuesta, los Alpes calizos. Desde la casa, por los dos lados de una carretera tirada á cordel, corren aguas vivas que vienen al encuentro del que llega, y riegan los extensos arrozales que atraviesan.

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Hoy he visitado la suntuosa casa llamada La Rotonda, situada en una agradable colina, cosa de media legua de la ciudad. Es un edificio cuadrado que encierra una sala redonda, iluminada con luz zenital. Por los cuatro costados se sube ancha escalinata que conduce á un pórtico, formado de seis columnas jónicas. Quizás la arquitectura no desplegó nunca mayor lujo. El espacio de las escalinatas y pórticos es mucho más grande que el de la casa misma; pues cada lado, aisladamente, podría ser fachada de un templo. Del interior puede decirse que es habitable, pero no cómodo. La sala tiene bellas proporciones; los cuartos también, más apenas serían suficientes para las necesidades de una familia opulenta en su residencia de verano. En cambio es siempre espléndida, desde cualquier lado que se la mir, gracias al país en que se halla emplazada. Ofrecen gran variedad la masa del edificio y las columnas salientes á los ojos del que lo observa en derrededor, y la idea del propietario fundador realizóse entera, porque deja tras de sí un grande y buen fideicomisario y un monumento sensible de sus riquezas. Y así como el edifico vese de manera admirable desde todos los puntos de las cercanías, de igual modo la vista desde él es de lo más agradable. Se ve correr el Bacchiglione y bajar las embarcaciones hacia Brenta.

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Visité al viejo arquitecto Samozzi, excelente y apasionado artista, que publicó Los Edificios de Palladio. Agradecióme la atención, dándome algunas buenas ideas.

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Hoy he visitado al doctor Tura, que durante cinco años se dedicó apasionadamente á las plantas, hizo un herbario de la Flora italiana y organizó, en tiempo del anterior Obispo, un Jardín Botánico. Todo aquello pasó: la práctica de la medicina desbancó la Historia Natural, el herbario fué pasto de los gusanos, murió el Obispo, y el Jardín Botánico volvió á ser plantado de coles y ajos. El doctor Tura es un buen hombre, muy fino. Contóme su historia con franqueza, ingenuidad y modestia; habla, en general, con precisión y de manera agradable, pero no tuvo á bien abrir sus armarios: tal vez lo estantes no se hallarían en disposición de mostrarse. La conversación no tardó en agotarse.

El camino de Verona á aquí es muy agradable. Se viaja hacia el Noroeste por la montaña, dejando siempre á la izquierda los contrafuertes, compuestos de arena, cal, arcilla y marga. En las colinas que forman, hay aldeas, castillos, casas. A la derecha, se extiende la gran llanura que atraviesa el camino. La ancha vía, perfectamente cuidada, va por tierras muy fértiles. Piérdese la vista en alineadas plantaciones de árboles, de donde caen, cual ramas aéreas, los sarmientos, que, enredándose, llegaron á lo más alto. ¡Aquí sí que se puede formar idea de guirnaldas y festones! Los racimos, sazonados, pesan en as largas ramas que, bamboleándose, llegan al suelo. Transitan gentes de todas clases y profesiones. Gustáronme sobremanera unas carretas bajas, con ruedas en figura de platos, tiradas por cuatro bueyes, con grandes tinajas, donde llevan las uvas desde la viña al lagar. Dentro de las vacías venían los conductores. Aquello era parecidísimo á un triunfo de Baco. Entre las filas de vides, aprovechan el suelo para toda clase de granos, en particular maíz y sorgo. En las cercanías de Vicenza, se levantan colinas desde el Norte al Sur -dicen que son volcánicas- y cierran la llanura. Vicenza está fundada á sus pies, y mejor aún dentro del seno que forman.

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Voy á mencionar brevemente los cuadros que he visto, y haré sobre ellos pocas consideraciones. No hago este maravilloso viaje para engañarme á mí mismo, sino, mejor, para aprender á conocerme mediante los objetos; razón por la cual me confieso, con toda sinceridad, que del arte, del oficio de pintor, entiendo poco; mi atención y mis observaciones se dirigen, en general, á la parte práctica; al asunto y su manera de tratarlo.

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Así, pues, el Anfiteatro es el primer monumento de la antigüedad que veo, ¡y tan bien conservado! Cuando entré, y mejor aún, cuando di la vuelta á la cornisa, me pareció raro. ¡Una cosa tan grande y donde en realidad no había nada! Es que no debe verse vacío, sino lleno de gente, como lo dispusieron en obsequio de José I y Pío VI. Dicen que el Emperador, á pesar de su costumbre de ver delante masas de hombres, se quedó asombrado.

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