Dom 14 Sep 2008
Verona, 14 de Septiembre de 1786
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en II - Del Brenner á Verona, Viaje a Italia
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El viento contrario, empujándome ayer al puerto de Malsesina, me preparaba una aventura peligrosa que arrostré animosamente, y que aparece en mi recuerdo de manera bien singular. Según lo prometido, fuí á la mañana siguiente despacio al antiguo castillo que, sin puertas ni guardianes, es accesible á todo el mundo. Sentéme en el patio frente á la vieja torre, levantada sobre rocas. Encontré sitio muy cómodo para dibujar. Una puerta cerrada en la muralla, elevada sobre tres ó cuatro escalones; portadita de piedra muy adornada, parecida á las que se encuentran frecuentemente en vetustos edificios de nuestro país. No había estado mucho tiempo sentado, cuando entraron en el patio algunos hombres, me miraron y se pusieron á andar de un lado a otro. Aumentó la gente y, por fin, se pararon todos, rodeándome. Bien advertí que mi dibujo llamaba la atención; pero no me dí por entendido y continué. Al fin un hombre se dirigió á mí, no con las mejores maneras, y preguntóme qué hacía. Le contesté, que dibujaba la antigua torre, deseando conservar un recuerdo de Malsesina. Él repuso que aquello no se permitía y que lo dejase. Como lo decía en dialecto veneciano, que yo en realidad apenas comprendía, dije que ignoraba lo que quería decir. Entonces, con verdadera tranquilidad italiana, cogió la hoja y la rasgó, aunque dejándola sobre la cartera. Noté por esto cierto disgusto en los circunstantes, y una viejecilla particularmente dijo que no estaba bien: que debían llamar al Podestá, el cual sabía juzgar á derechas cosas como la presente. Yo permanecía en la escalera, la espalda apoyada en la puerta, y observaba al público, siempre creciente. Las mirada fijas y curiosas, la expresión de benevolencia en la mayor parte de las caras y lo que puede caracterizar de manera gráfica á la masa de un pueblo extranjero, me hizo impresión gustosísima. Creia ver delante de mí el coro de pájaros que yo mistificara tantas veces en el teatro de Ettersburgo. Esto me afianzó en mis buenas disposiciones, y cuando llegó el Podestá y su actuario, le saludé con naturalidad, y á su pregunta de por qué dibujaba la fortaleza, contesté resueltamente que no reconocía por fortaleza aquellas paredes. Les llamé la atención á él y al pueblo, acerca de la ruina de aquella torre y de aquellas murallas, de la carencia de puertas; en una palabra, sobre el estado general de debilidad, y dije que no había pensado ver y dibujar sino una ruina.