I - De Carlsbad al Brenner


Llegué por último y como forzado á un punto de descanso, á un silencioso lugar, tal como yo solo podía deseármelo. Era de esos días cuyo recuerdo dura gratísimo durante largos años. Salí á las seis de Mittenwal. Un viento fresco limpiaba por completo el cielo claro. Hacía frío, como sólo en febrero puede permitirse. Con la luz del sol naciente destacábanse, en primer término, obscuros pinares; después, gríses montañas calizas, y por último, detrás de todo, los picos más altos nevados, sobre un fondo de azul purísimo. Era un cuadro espléndido, siempre variado.

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Parece que mi genio protector dijo á mi credo: amén, y le agradezco haberme traído en día tan hermoso. El último postillón aseguró, en una exclamación de placer, que era el primero en todo el verano. Yo secretamente tuve la supersticiosa esperanza de que así continuaría. Pero, vuelvo á pedir á mis amigos me perdonen si les hablo otra vez de viento y lluvias. Cuando salí de Munich á las cinco, el cielo se había aclarado. En las montañas del Tirol sosteníanse enormes, compactas masas de nubes, y las que estaban más bajas, en bandas ligeras, tampoco se movían. Sube el camino á la altura á cuyo pie se ve correr el Isar, por una reunión de colinas de guijos que el agua aglomeró. Hízosenos aquí manifiesto el trabajo de las corrientes de los antiguos lagos. En muchos cantos rodados de granito, me encontré hermanos y parientes de ejemplares de mi Gabinete que debo á Knebel. La niebla del río y de las praderas duró algún tiempo; al fin también desapareció. En los intersticios de las mencionadas colmas de guijos, que se extienden durante muchas leguas, hay la más hermosa y rica tierra de labradío, como en el valle del Regen. Volviendo al Isar, se vé una trinchera y una pendiente de la colina guijosa, que bien podrá tener ciento cincuenta pies de alto. Llegué á Wolfrathshausen alcanzando el grado cuarenta y ocho. El sol quemaba; nadie confiaba en el buen tiempo; se quejaban del mal año, lamentándose de que el gran Dios no quisiese remediarlo.

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El cinco de Septiembre á las once y media de la mañana, salí de Ratisbona. Por Abach es el país hermoso, rompiéndose el Danubio contra rocas calizas hasta más allá de Saal. La cal es semejante á la de Osteroda en el Hartz, compacta, pero completamente porosa. A las seis de la mañana hallábame en Munich, y después de doce horas de mirar por todas partes, pocas observaciones voy á hacer. En la galería de cuadros no me encontré en terreno propio. Necesito, ante todo, volver á acostumbrar mis ojos a los cuadros. Hay cosas bonitas. Los bocetos de Rubens en la Galería de Luxemburgo, me gustaron mucho. Allí está también el notable juguete modelo de la columna de Trajano. El fondo de lapislázuli, las figuras doradas; no deja de ser un bonito trabajo que complace mirar. En la sala de lo antiguo observé perfectamente que mis ojos no están familiarizados con estas cosas, por cuya razón no quise detenerme ni perder tiempo. Hay muchas que no me dicen nada, sin que yo sepa por qué. Un Druso atrajo mi atención; dos Antoninos me gustaron, y así algún otro. El conjunto no resulta bien, porque no está bien arreglado, y la sala, ó mejor dicho la bóveda, luciría mejor con sólo estar más limpia y cuidada. En el Gabinete de Historia Natural vi cosas bonitas del Tirol que, en ejemplares de Museo, ya conocía y tengo.

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Salí de Carlsbad á hurtadillas, á las tres de la mañana, porque antes no me lo habían permitido. Los amigos, que tan cordialmente celebraron mi cumpleaños, el 18 de Agosto, adquirieron, con tal motivo, el derecho de detenerme; pero no podía retrasarme más. Metíme en la silla de postas enteramente solo, con un lío de mantas y una maleta, y á las siete de apacible mañana nublada, llegué á Zwoda. Las nubes altas, blancas y ligeras; las bajas pesadas. Túvelo por indicio favorable. Después de tan mal verano esperaba gozar buen otoño. A las doce en Eger, con mucho calor. Recordé que este lugar ocupa la misma latitud que la ciudad de mi nacimiento, y me sentí complacido al comer otra vez, al medio día, bajo cielo claro, en el grado cincuenta. Al entrar en Baviera se tropieza con el Monasterio de Waldsassen, magnífica propiedad de aquellos señores religiosos, que fueron instruidos y avisados antes que los otros hombres. Hállase situado en una pradera honda, á la cual llamaremos plato, por no decir marmita, rodeado de pendientes suaves y fructíferas. En el país posee además el monasterio diversas propiedades, muy lejos á la redonda.

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