Goethe emprendió su viaje á Italia en el otoño de 1786, acabados de cumplir los treinta y siete años. Once hacía que, desoyendo consejos de amigos y deudos, fijárase en Weimar, aceptando las proposiciones del duque Carlos Augusto, las cuales fueron de tal naturaleza, que lo pusieron el resto de su vida en posición de trabajar á su manera, á su gusto, para satisfacción suya y solaz de la humanidad culta, de tal modo, que, modelo de hombres felices lo consideraron cuantos se sentían dotados por la Naturaleza y maltratados de la fortuna. En la época de aquella transcendental resolución, su padre, queriendo desviarle de cumplirla, y á modo de único aliciente, capaz de contrarrestar la influencia sobremanera atractiva de Weimar, ofrecióle un viaje por Italia. Era realizar el más ardiente deseo de su vida, y así y todo, no lo aceptó. Quiso primero sentar las bases de su independencia futura, y el viaje quedó aplazado once años.
Así, cuando le fue dado realizarlo, el deseo llegara á un grado de irritación, que era enfermedad: languidecía en ansias de consagrar su vocación de artista con el beso de la tierra clásica.
A la altura de su vida, á Goethe, que produjera mucho, y siempre en la serena progresión de las organizaciones bien equilibradas, no le satisfacía ya nada romántico: renegaba de Werther, que le perseguiría hasta en la India, como decía cada vez que recibía de algún desconocido nuevo testimonio del efecto que su libro causara.
Quería investigar la verdad; penetrar, mediante su percepción sutilísima, en los secretos de la Naturaleza; empezar conociendo hechos, comprobando observaciones y deduciendo leyes: no admitir nada falso, nada arbitrario. Abrir los ojos y el alma, libre de prejuicios, á las impresiones de lo bello, y relacionar al sentimiento armónico de la belleza sensible, el de la belleza psíquica, devolviendo á la humanidad, en forma sencilla y hermosísima, cuanto los sentimientos humanos y el amor de la Naturaleza le hubiesen hecho gustar de regalado y puro.
Goethe, en su viaje, relataba, lo que iba viendo y le ocurría, en las cartas escritas a sus amigos y amigas de Weimar, y entre las cuales era, sobre todas, preferida la baronesa de Stein, dama de la duquesa Amalia. Sin embargo, no habiéndose publicado hasta muchos años después, siendo las cartas revisadas, no aparecen en ellas los nombres de quienes las recibían. Adornas de las cartas hay, á guisa de complemento, notas, diarios de viaje y recuerdos del mismo autor. En aquella época no eran sólo religiosas las peregrinaciones a Roma. Toda personalidad artística, de valor ansiaba semejante viaje, y el que lo realizaba, atendida la escasez de comodidades, bien se podría llamar peregrino, y aun penitente.
Sufríendolo todo alegre Goethe, observando, desde su silla de posta, la figura de las montañas, las cuencas de los ríos, la formación de los terrenos y cuantas plantas, animales y tipos de hombros y mujeres se presentaban á su vista. Regocijábase sintiendo que calentaba el sol, viendo el polvo de los caminos envolver su carruaje, y contamplando el azul purísimo del cielo. Suspiraba por el momento de probar aquellos regalados higos hechidos de almíbar, melocotones y uvas, soñando, ya desde Mignon, en alcanzar con la mano las doradas naranjas en los campos felices. Saludó a Italia desde la altura que domina el lago de Garda, y créyose feliz oyendo ya usual la amada lengua italiana.
En las poblaciones observaba edificios, cuadros y estatuas; conocíase poco experto en las artes plásticas, y se pagaba de la arquitectura pseudo-griega. El primer monumento de la antigüedad que vio, el Anfiteatro de Verona, inspiróle reflexiones á la altura de su grandeza.
En Venecia miró la primera vez de su vida el mar, desde la torre de San Marcos; contempló las lagunas con sol y en sombra, a la pleamar y en seco. Regocijábase viendo mariscos vivos en la playa del Lido. Admiraba aquel pueblo que vive y bulle, ríe y perora; un pueblo tan diferente del alemán. En suma: Venecia no puedo haber inspirado más bonito estudio que el que de ella hizo Goethe.
En Roma no hubo ya otro estudio sino el del Arte; todo quedó convertido en nada ante los cuadros de aquellos maestros sublimes. Pero ¿no era preciso, queriendo sentirlos bien, entrar en los secretos de la factura, analizar, descomponer y reconstituir? Goethe no pensó ya más que en apropiarse, según la expresión justa de su idioma, la técnica y cuantos conocimientos pudiera adquirir. Su sociedad fué de artistas, á quienes escuchaba, y cuyos consejos le ayudaban. Dibujó, modeló, estudió perspectiva, y al último, después de muchos meses de indecible actividad, si no logró pintar bien, alcanzó su objeto de conocer mejor las obras de Arte, poderlas apreciar y sentir desde más alto.
Aprendió además que pasara su tiempo de comenzar á estudiar las artes plásticas, y que su oficio era otro.
Fue desde Roma á Nápoles. Subió dos veces al Vesubio, y no quedó satisfecho hasta alcanzar el peñasco debajo del cual salía una corriente de lava. El pueblo de Nápoles no le inspiró deseos de trabajar; entregóse al placer de vivir, inherente á los naturales de la Campagna felice se divirtió, gozando de la vida como el común de los mortales.
Vuelto á Roma y al Arte, en cómoda instalación, ya rodeado de valiosos objetos artísticos que fuera adquiriondo, no pudo negarse al placer de la amistad afectuosa. Dando de lado todas las lisonjas con que la sociedad no dejaba de solicitarle, hizo que se formase, poco á poco, un círculo de amigos íntimos en su derredor; adquirió afecciones, y ¡ayl cuando se acercó el momento de salir de Roma, sentíase tan á gusto en ella, que la separación le pareció destierro.
Entonces llegó el momento de hacer el resumen de lo adquirido, y conoció que la transformación era completa. Sintióse desprendido de preocupaciones, desligado de trabas, viendo las cosas como son y no como deberían ser; el deberían de los amanerados. Rebelábase contra la dependencia constante y algo tiránica de los amigos de allá; no quería que viniesen á Roma mientras él estuviese, porque sabía que su manera de ver las cosas les había de chocar. Sus horizontes hiciéronse ilimitados, y si al principio se alegraba de allegar materiales, á fin de tener mucho que trabajar después, vio que el espíritu ocupárase ya en elaborarlos.
Mas el deber había hablado, y todo guardó silencio. Se preparó; dio la última vuelta por Roma; contempló la última vez los cuadros de Rafael y Miguel Ángel. Aguardó el momento de despedirse para declarar su sentimiento á la mujer que le había inspirado tierno y elevado amor; cortó, uno a uno, todos los hilos que le retenían, y dijo adiós á Roma, de noche, solo, á la luz de la luna, recorriendo las calles, subiendo al Capitolio y repitiendo aquellas dos estrofas de Ovidio, que tanto se adaptaban á los sentimientos de su alma.
F. G.