Aunque contra gusto, á fuer de buen compañero, siguióme Tischbein hoy al Vesubio. A él, pintor de figuras, ocupado siempre en las más bellas formas de hombres y de animales, que hasta humaniza su gusto y sentimiento rocas, paisajes y lo informe, debe serle abominable este amontonamiento desconcertado que se devora á sí mismo, y declara guerra á todo sentido de belleza.

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Aprovechamos el segundo domingo de Cuaresma yendo de iglesia en iglesia. Conforme en Roma todo es serio, aquí en todo hay cierta alegría. Tampoco puede comprenderse la escuela de pintura napolitana, sino en Nápoles. Vese con extrañeza toda la fachada de una iglesia pintada de arriba abajo. Sobre la puerta, Cristo arrojando del templo á los vendedores y compradores, que á los lados, vestidos de colorines y adornados, bajan á empujones, llenos de espanto, las escaleras. En el interior de otra iglesia, todo el espacio sobre la puerta está ricamente adornado de una pintura al fresco, representando la expulsión de Heliodoro. Lucas Gioirdano mucho debía despacharse para llenar tales paredes. Los púlpitos no son, como en otras partes, una cátedra, una silla de enseñanza para una persona, sino una galería en la cual he visto á un capuchino haciendo presente al pueblo, tan pronto en un extremo, tan pronto en el obro, su vida pecadora. ¡Cuánto no habría que decir sobre esto!

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El 2 de Marzo subí al Vesubio, aunque el tiempo estaba turbio y la cima envuelta en nubes. Llegué en coche hasta Resina; después subí la montaña en mula, entre viñedos: luego á pie, sobre la lava del año 71, ya cubierta de fina capa de musgo. Más arriba, al borde de la lava, la cabaña del ermitaño quedó á mi izquierda, en la altura. Más lejos se sube al monte de cenizas, que es trabajo arduo. Las dos terceras partes de la colina estaban cubiertas de nubes. Al fin llegamos al cráter viejo, hoy relleno; encontramos las lavas nuevas de hace dos meses y medio, y también una débil de cinco días, ya enfriada. Subimos sobre ellas salvando una colina volcánica emergida recientemente; por todas partes echaba humo que se alejaba de nosotros; quise subir al cráter. Caminamos entre el vapor unos cincuenta pasos, cuando se hizo tan fuerte, que apenas podía distinguir mis zapatos. De nada servía tener el pañuelo en las narices. El guía desapareció. Los pasos sobre la lava arrojada del volcán eran inseguros, y tuve á bien dar la vuelta y dejar la ojeada apetecida para el tiempo más claro y el humo menos denso. Mientras tanto, ya conocí lo malo de respirar semejante atmósfera.

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Puede perdonarse á los napolitanos que no quieran separarse de su ciudad y que sus poetas canten, en poderosas hipérboles, sus situaciones, aunque en las cercanías se encontrasen un par de Vesubios más. No se debe recordar aquí Roma. Comparada á esta franca posición, se nos parece la capital del mundo, en el fondo del Tíber, como un viejo monasterio mal colocado.

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Muy difícil me sería dar cuenta del día de hoy. ¿Quién no sabe que la lectura rápida de un libro, que ha tenido para nosotros atracción irresistible, ejerce en toda nuestra vida la mayor influencia, no aumentada por una segunda bien meditada lectura? Tal me sucedió con Sakountala. Y ¿no ocurre lo mismo con los hombres de mérito? Un viaje por mar hasta Pozzuoli; pequeños trayectos en coche; paseos á pie en la región más extraordinaria del mundo. Bajo el cielo más puro, el suelo más inestable. Ruinas ingratas, horribles, de inconcebible opulencia. Aguas hervientes, grutas que exhalan azufre. La vida de las plantas agótanla montañas de escorias; espacios yermos, y en fin, una vegetación exuberante, invasora, que se levanta sobre cuanto ha muerto alrededor de lagos y arroyos, y llega hasta mantener un bosque magnífico de encinas en los declives de antiguo cráter.

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Hoy visitamos á Felipe Hackert, el celebrado paisajista, que goza de la confianza particular y del preferente favor del Rey y de la Reina. Le han preparado una ala del palacio Francavilla, amueblado artísticamente, y la habita de manera deliciosa. Es hombre activo y prudente, que entiende el goce de la vida en la incesante labor. Después fuimos orillas del mar, y vimos toda suerte de pescados y mariscos de formas raras, arrojados por las olas. El día magnífico; la tramontana ligera.

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Pasé el día de ayer cuidándome una pequeña indisposición; hoy estoy echado á perder, y se me fué el tiempo en la contemplación de estos admirables objetos.

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Alla locanda del Sgr. Moricone al largo del Castello. Mediante señas tan claras y bien sonantes nos llegarían, de hoy en adelante, cartas de las cuatro partes del mundo. En el distrito del gran Castillo, cerca del mar, se extiende ancho espacio que, aunque rodeado de casas, no le llaman Plaza, sino Largo, nombre probablemente conservado del tiempo antiguo, cuando aquello era campo abierto. En uno de sus lados hay una gran casa de esquina, y en ella nos instalamos en una sala espaciosa, también de esquina, con vistas alegres y despejadas á la siempre animada plaza. Un balcón saliente, de hierro, corre delante de muchas ventanas hasta dar la vuelta a la casa. No se saldría de él si el viento no fuese demasiado fuerte.

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Llegamos felizmente y con buenos presagios. Del día de viaje tengo que decir mucho. Dejamos á Santa Ágata saliendo el sol. Soplaba fuerte viento detrás de nosotros, y el Nordeste se sostuvo todo el día. A la primera hora de la tarde había dispersado todas las nubes; tuvimos frío.

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En un cuarto frío tengo que dar noticias de un día hermoso. Al salir de Fondi amaneció, y pudimos al momento saludar, á los dos lados del camino, las naranjas que salían sobre las tapias. Los árboles estaban tan cargados cuanto puede imaginarse. Encima, las hojas tiernas y amarillentas; debajo y en medio, son del verde más nutrido. ¡Mignon tenía razón en suspirar por este país!

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